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26 jun 2012

“Respetamos y le rendimos honores a la canción popular”

En su sexto disco, la banda platense/juninense volvió a abordar la melancolía desde el repaso histórico, no desde la añoranza. Persisten en las canciones los sentimientos a flor de piel, pero de alguien que ha aprendido de la experiencia.

"Respetamos y le rendimos honores a la canción popular"

"Respetamos y le rendimos honores a la canción popular"

A medida que habla, Manuel Moretti recurre con frecuencia a las distintas conjugaciones del verbo “emocionar”. La elección no es azarosa, ya que puede aplicarla tanto para referirse a lo que le generan los versos de algunas canciones que él mismo escribió hace más de dos décadas como a lo que busca producir en quien escuche un disco de su grupo, a cómo canaliza el impacto de una composición ajena o cómo lo enriquecen las situaciones de su vida cotidiana. Desde hace ya más de quince años, Moretti es el cantante, guitarrista y principal compositor de Estelares, la banda que formó en La Plata junto con el guitarrista Víctor Bertamoni y el bajista Pablo Silvera a principios de los ’90. Por entonces ya llevaba un largo tiempo viviendo en la Ciudad de las Diagonales, a la que se mudó desde su Junín natal para estudiar Medicina. Aquellos años iniciáticos en el oficio de volverse un compositor de canciones están retratados en “Rimbaud”, un tema del flamante El costado izquierdo, donde rememora el descubrimiento de lo que para él era un mundo nuevo.

La melancolía es un factor recurrente en la prosa de Moretti (de hecho, es el título de una canción de su anterior trabajo, Una temporada en el amor), pero la ejerce desde el repaso histórico y no desde la añoranza. El asegura que es algo heredado de su interés por el mundo del tango que, junto con la línea clásica del rock argentino (Nebbia, Spinetta, García y Páez) y algunas figuras del folk rock estadounidense (Bob Dylan, Neil Young, Wilco), conforman su ADN como autor. Hay en su obra una ambición: la de ser un artista popular, en el sentido más amplio de la palabra. Después de Extraño lugar y Amantes suicidas, dos discos editados a fines del siglo pasado que le valieron el reconocimiento de sus colegas y de un sector de la prensa, el grupo llegó a más público con sus últimos tres trabajos: Ardimos, Sistema nervioso central y el ya mencionado Una temporada en el amor (todos producidos por el perico Juanchi Baleirón). En ellos, el aporte de amigos y acérrimos de la talla de Andrés Calamaro, Jorge Serrano, Pity Alvarez e Hilda Lizarazu sirvió de apoyo para poder ser un foco de atención. Esta tarea se repite en El costado izquierdo, en el que figuran las colaboraciones de Fernando Samalea, Enrique Bunbury y Ale Sergi, de Miranda!

Además, por primera vez en años, Moretti parece haber hecho las paces consigo mismo. Si bien su obra mantiene la nostalgia, ya no posee una visión tan penumbrosa del presente del mundo que lo rodea ni del suyo propio. Persisten los sentimientos a flor de piel, pero de alguien que ha aprendido de la experiencia, como lo demuestra el estribillo de “Doce chicharras”: “Si no me hubiese hundido, hoy no hablaría del amor”.

–El costado izquierdo tiene una línea de continuidad con Una temporada en el amor, pero con una veta más luminosa. ¿Coincide con esa idea?

–Lo que hicimos con el disco fue dejarnos llevar por todo un espectro de canciones, melodías y letras para entrarles desde todos lados sin el menor prejuicio. Aparece mucho esta cosa nuestra de respetar y hacer honores a la canción popular. Como compositor, la primera sensación fuerte que tenía la tomaba, jugaba y la volcaba en música y letras. Este disco está construido a partir de una cosa traumática, que es que la ida de Carlitos (Sánchez, baterista del grupo), pero pudimos convertir eso en un punto a favor y trabajar las canciones en nuestras casas. Si el disco suena esperanzado es porque quise correrme del lugar del tipo encerrado en una habitación sin decir nada. No sé si lo pensé mucho, porque a pesar de que hay esperanza, en las letras está todo el tiempo planteado el conflicto. Yo lo siento como un disco muy emocional y quizá de los más honestos que hice. Todos fueron honestos, pero con éste lo digo en el sentido de que tuvimos que hacernos cargo de todo: de los primeros juegos de los demos hasta la última decisión de los arreglos y el sonido.

–Si bien ustedes ya habían producido sus primeros trabajos, venían de tres discos hechos junto a Baleirón. ¿Cómo resultó la experiencia de volver a producirse ustedes?

–Al no haber alguien foráneo, éramos nosotros tres quienes nos escuchábamos y hacíamos diferentes intervenciones. Hablábamos entre nosotros y con Sebastián Perkal (técnico de grabación del disco), y en base a eso tomábamos una decisión. Se acordó de antemano que Víctor laburaba todo, pero la decisión final estética era mía, entonces cada uno ocupó su rol y fue placentero. Al principio nos dio un poco de miedo cuando estábamos armando los demos. Al final fue como decir: “Elijo ponerme este pantalón con este saco y me hago cargo. Si ando por la calle y a la gente le gusta, enhorabuena. Y si les parece que soy un payaso, también enhorabuena, porque me recontra hago cargo”. Que Fernando Samalea haya sido el batero niveló mucho lo que quedó registrado, y a través de él contactamos a Alejandro Terán, que metió unas cuerdas buenísimas. Ahora que lo escucho, fue muy gratificante, porque puedo ver qué está bueno y qué no haría de vuelta. Siempre es así, con la diferencia de que ahora corre todo por nuestra cuenta. Me parece que hicimos un humilde buen trabajo.

–Una constante en los últimos discos de Estelares es la presencia de invitados ilustres en el estudio. ¿Cómo eligieron a quienes llamar en esta ocasión?

–Esta vez fue todo sorpresivo. Yo no quería invitados, prefería que fuésemos nosotros solos. El primer demo de “Doce chicharras” salió de un asado con Ale Sergi, así que Sebastián y Víctor sugirieron que lo llamásemos para “Internacional”, que es una canción pop que quedó buenísima. A Enrique Bunbury le venía escribiendo mails porque tenemos un amigo en común y me pareció que era el indicado para “Aleluya”, que es como una balada épica. Nos juntamos la última vez que vino a Buenos Aires para tocar en Ferro, pero no le daba el tiempo de las giras. El es muy profesional, así que me dijo entre qué días lo iba a grabar, lo envió y quedó perfecto. Está grabado en Los Angeles, y cuando lo metimos en el disco quedó perfecto, parece que estuviésemos los dos juntos. Después están los Súper Ratones, que son unos cracks, no se pueden creer los coros que hacen. Les das una canción pelada y flaca y se ponen a cantar hasta hacerte llorar. En “Aleluya” dijeron: “Bueno, vamos a meter un gospel”, y parecen cuatro negras cantando. Hacen cualquier cosa, son ultradotados y aportan muchísimo. Y como no podía terminar la letra de “Chica oriental”, Víctor me recomendó dársela al Cuino Scornik. Le alcancé como siete u ocho versos que no quería modificar, él se metió en esa historia y la resolvió de una manera increíble, tanto que hasta le encontró la vuelta al estribillo. No queríamos invitados, pero fue como si todos pasaran por la esquina de casa y les abriéramos la puerta para que se sentasen a comer.

–En su rol como letrista, aparece no sólo una obsesión por el detalle a la hora de las descripciones, sino también la presencia de lugares como referencias geográficas del relato. ¿A qué se debe eso?

–Viene de mis años de drogas duras y de la angustia de estar muy ido. Hubo algo en mí que me hizo tirar mojones geográficos en lo que escribía para bajar de mi angustia. Viene de ahí, de ese sentimiento, y de poder poner en palabras al menos algo en la tierra. Eso me empezó a gustar y después terminó funcionando bien en algunas canciones. Cuando aparece un verso fuerte, veo su historia, y casi siempre para poder escribirla tengo que situarla en algún lado. Tuve una relación muy fuerte, no planeada, con la soledad, por más que era siempre un tipo querido, y esa soledad me metía miedo. Supongo que algunas de esas cosas las puse ahí para decirme a mí mismo que había que bajar a tierra.

–Usted suele retomar canciones que compuso hace varios años, e incluso ha regrabado canciones de sus primeros álbumes. ¿Por qué?

–Es que hasta que hicimos el primer disco con Estelares pasaron por nuestras manos más de setenta temas que cada uno tocó con sus respectivas bandas. Entonces, hay muchas canciones que no fueron grabadas o editadas y que considero buenísimas, y me emocionan no solamente a mí. Por suerte hay algunas de ellas que no se grabaron, pero son atemporales, así que se las puede trabajar ahora. Tienen vida, y por eso yo cada tanto me pego una vuelta. En este disco está “Julia”, que está en La mañana del aviador (una colección de demos que Moretti editó de manera independiente en 2002), y ahí mismo hay varias que yo sé que me están pidiendo que las grabe. Con “El corazón sobre todo” y “El último beso” (canciones de sus dos primeros discos que la banda regrabó para Una temporada en el amor y El costado izquierdo, respectivamente) quisimos hacer dos homenajes, porque nos parecía que merecían ver la luz de nuevo para que las escuchasen quienes no las conocían.

–La letra de “Internacional” usa irónicamente anglicismos como “cool” o “groove”. ¿A qué apunta esa canción?

–Es un juego, y básicamente apunta a decir algo como “somos tan grossos, la tenemos tan clara”. Eso es algo muy argentino, y está también referido al egoísmo del neoliberalismo. Por enormes burbujas financieras, Asia, Africa y América latina se han muerto de hambre en los últimos veinticinco años. Es como jugar con esa idea de “noso-tros somos reinspirados, la tenemos muy clara, estamos iluminados”, pero en definitiva lo único que hacemos es no saber, hundirnos cada día más. Hay una frase que dice: “Somos todos financistas, el hambre por algo será”. No tiene un peso político, pero con todo lo que está pasando en Europa, no es broma. No quiero explayarme porque alguien dirá: “¿De qué la viene este boludo?”, pero hay países enteros que se pudren por una mentira infernal, mientras trescientos tipos son megamillonarios para que el resto pueda comer una banana con dulce de leche, cuando tiene suerte. Me parece que eso no es broma para nada, pero no podés ponerlo en una canción, así que me puse a jugar con eso.

–¿Cómo ve el panorama para la música en vivo, tanto para Estelares como para quienes están en una situación menos favorable?

–No sé, cada lugar tiene sus gastos y eso siempre es complicado, más para los que recién empiezan. Pero así la hicimos todos, si bien hay épocas que son más dóciles para que uno se desarrolle. Después de Cromañón hubo algún inconveniente, pero las cosas un poco se acomodaron. Cada artista que quiere desarrollarse tiene que encontrarle la vuelta al medio, hay que encontrar las maneras para que cada uno pueda tocar. Supongo que nunca fue fácil.

–Otro asunto con el que debe lidiar un artista es con la descarga gratuita de su obra, se tenga su consentimiento o no. ¿Cómo se lleva con eso?

–Estaría bueno que se instrumente algo legalmente para que un artista pueda elegir si pone gratis un contenido o no. Mal que pese, un disco sale plata y también vale plata. A nosotros se nos paga bien en vivo y el fan es muy fiel, pero el disco tenemos que pagarlo, así que estaría bueno que se instrumente algo. Por supuesto que también sería positivo que cada intérprete pueda hacer uso de la web y las redes sociales para ofrecer un plus, como temas gratis. Eso sería mucho más encantador, poder separar el disco por un lado y cada tanto algún contenido extra. Pero me parece que es justo que lo que sale dinero, se pague.

 

Un modo de sanar

–En “Rimbaud”, usted hace una recapitulación de sus años iniciáticos como músico. ¿Cómo fue ese período de su vida?

–Empecé a esbozar la letra para hacer una fotografía de lo que fueron esos años, entre divertidos y de mucha formación. Es mi paso por Bellas Artes, el mundo de los estupefacientes, llegar a La Plata y encontrarme con un montón de gente… Lo que trato de narrar es que aquella intensidad sigue estando, pero con mayor docilidad. Aquello que fue tan intenso, con drogas y conocimiento, no parar y no dormir para estar a mil, ahora es lo mismo pero dosificado, ya está. Lo que trato de hacer en esa canción es decir “Aquí comenzó”. Fue terriblemente intenso, no parábamos. Es como comentar “Qué maravilloso cómo empezó todo y estamos vivitos”, porque también hubo situaciones muy traumáticas, aunque en la canción no las mencione.

–¿Ese aprendizaje le inculcó alguna estructura o rutina para la tarea de componer?

–Hace tiempo que no tengo ningún método. Cada vez me vienen más ganas de volver a ponerme a hacer algo todos los días, como cuando vivía en La Plata. Lo que sí es cierto es que todo el tiempo estoy amasando cosas, y todo eso trae melodías, así que el proceso de componer no se detiene nunca. Mi manera de trabajar es pensar en esto las 18 horas que estoy despierto. Si estoy pensando en mi hija y en el amor hacia ella, o en cómo cuidarla a ella, a mi madre o a mis amigos, y cómo llevar una vida sana, esas cosas después se vuelven canciones. Hace poco descubrí que ése es el centro de lo mío. Si cuando tenía 18 años y me puse a estudiar medicina era porque quería sanar, ahora mi manera de sanar (a mí y al que pueda) es a través de lo que escribo.

–¿Con qué artistas se siente en sintonía artística?

–Son muchos. Algo que fue definitorio en mí y aparece mucho en lo que hago es el tango, tanto en la melodía como en el laburo de las letras. Hay una tradición en su lírica que es sumamente conmovedora, como Spinetta lo fue en el surrealismo. Disfruto la música de Ariel Minimal y me encantan composiciones de Vicentico como “Roble” y “CJ”, que son maravillas melódicas. También valoro a Charly, Fito y Andrés. Soy muy de la letra en castellano, es el primer lugar al que me relaciono. Los pibes de Tan Biónica tienen canciones hermosas, Pity Alvarez y Jorge Serrano también.

–Mencionó a Spinetta. ¿Qué significó él para su formación?

–Fue enorme. Cuando falleció, escribí en Facebook que no hubiese sido escritor de canciones sin él, porque a través de “Cantata de puentes amarillos” fue el primer tipo que me conmovió con letras poéticas en castellano. Yo tenía 15 años y no entendía nada. Venía de Roberto Carlos, si bien escuchaba rock, pero pasé a tener otra relación con la palabra. Empecé a escuchar mucho rock sinfónico con King Crimson y Van Der Graaf Generator, pero después caí en Pescado Rabioso, y ahí el tipo terminó de empujarme a la melodía y a la palabra.

Por Joaquín Vismara

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