Una tierna temporada en el amor
Me pasó tres veces en una semana. ¿Demasiado? Sí, claro. Por eso me dio para pensar. Pensar en nada. Pensar en el amor, en los enamorados, en esa fiebre incurable que nubla los sentidos, que no tiene antídoto, ni vacuna, y que, aunque enferma de muerte, uno ansía locamente desde que es un chico, tan chico como para ver “Mi novia Polly” y creer que cuando se siente amor se tiene la cara de tonto de Ben Stiller y las piernas de Jennifer Anniston.
Me pasó cara a cara con Liniers, cuando el dibujante tierno de la contratapa de La Nación, me habló de la sonrisa de su hija Matilda que, desde la cuna, mientras él juega con pingüinos, conejos, aceitunas, Enriquetas y Fellinis, lo mira con la mirada más linda, más luminosa que jamás, ni en sus sueños más hermosos, imaginó dibujar, ni ver, ni mirar. Cuando la ve, se levanta y se va, a acunarla en sus brazos, sin que nada, nada más, tenga algún sentido. (…)







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