Nota en Rolling Stone: mágico corazón radiofónico
Un paranoico sube a un taxi. el tachero le pregunta a donde lo lleva. el paranoico le dice: “No te hagás el boludo que vos sabés bien adónde voy”. Fin del chiste. Los comensales se ríen. Mientras corto un pedazo de carne y alguien me sirve un poco más de vino, me pregunto quién inventará los chistes. No los chistes que pueden salir de los libretistas de humor, los que se representan en la televisión o en el teatro de revistas, sino los chistes callejeros, esos chistes cuzcos o cimarrones que parecen no tener dueño. Un amigo se jactaba de haber inventado un chiste y de haberlo puesto a circular en un cumpleaños. Al año exacto, me dijo, un desconocido, en otra reunión, le contó su chiste. Mi amigo se emocionó. ¿Pasará lo mismo con las canciones? Más allá de SADAIC y los derechos de autor, ¿no será emocionante escuchar que alguien cante una canción desconocida -para él- y que uno sea el autor? ¿No sería genial no tener que vivir de las canciones y sí vivir en las canciones?
Comiendo a mi izquierda tengo a un compositor. Su nombre es Manuel Moretti y es el líder de un grupo que se llama Estelares. Parece un nombre propicio también para una murga: Los Estelares del Club Bristol o para un grupo de cumbia. Moretti me contó que se le ocurrió el nombre porque quería algo bien popular, algo para contrarrestar el efecto grunge de los años en que Los Estelitas -como él les dice- empezaron a rodar. Desde que lo conocí, Moretti me hizo conocer dos cosas: sus canciones y sus amigos. Pablo Strozza, un periodista de rock, me dijo una vez que lo que muestra la vigencia de un grupo es que pueda tocar los temas viejos y hacerlos sonar actuales. Estelares tiene eso; pienso en el genial “La remera”, del disco debut. O “El corazón sobre todo”, del segundo disco (regrabada años después en el álbum de quiebre: Sistema nervioso central). Pero Moretti posee un tesoro superior: conserva los mismos amigos de las épocas duras, aquella de los saltos de trabajo y de las incertidumbres vitales y psíquicas. Los que lo ayudaron con casa, comida y afecto y lo blindaron para que pudiera hacer los estribillos de esas canciones inolvidables que te sacan el día para adelante, que aderezan el último whisky de la noche y que te convierten -sin salir de tu casa- en el héroe de tu propia retrospectiva. La canción crece en la mente de un compositor, pero se instala en el pecho de los que la escuchamos y la tarareamos, con un sentimiento eléctrico parecido al amor. Y algo de eso hay en torno de esta mesa donde estamos comiendo un asado perfecto. El lugar se llama El Rincón, queda en Villa Elisa. El parrillero y dueño de casa -una casa con diez pinos, con mucho pasto y rodeada de otras pequeñas casitas desperdigadas en medio de un bosque- se llama Juan Martínez Zuviría y es una pena que Juan José Saer -un gran escritor, famoso por su pasión al describir fenomenológicamente el rito del asado- se haya muerto sin conocerlo, sin poder probar esto que estamos comiendo. “El asado que hago es así de sencillo”, me dice Juan. “se hace lentamente y con bastante fuego”. El tipo tampocole pone firuletes a la cosa. Saca la carne o el chorizode la parrilla y la pone sobre una tabla de maderadonde todos cortamos y comemos. No hay platos individuales, no hay ensaladas para tranquilizar a las buenas conciencias. Hay carne, pan y vino. Y a la carne se la caranchea como al pescado. Mirándolo a Juan pienso que alguien tendría que escribir un ensayo sobre estas personas a las que conocemos de golpe y que, por esos misterios insondables de la empatía, al rato ya nos parecen amigos desde hace mucho. Puede ser que el vino que tomamos ayude. El vino es la puntuación del asado. Además de Juan, está el Pato Ragadale, un locutor que solía ponerle voz con un falsete mexicano a ese delirio que se llamó Televisión abierta, ¿se acuerdan? Y Nacho -primo de Juan- y Ricardo o “Richard”, un periodista que escribió un libro sobre Estela de Carlotto. La conversación salta de temas, como un CD rayado. Yo les digo que, ahora, me parece que lo mejor que hizo Charly García fue Sui Generis. Consigo una reprobación general. Arremeto: les digo que el último disco de Sui es un oráculo, que Charly se anticipó a la guerra por la Ley de Medios. “¿No escucharon cuando canta «tendremos un hijo si quiere venir, muchos desayunos y ningún Clarín»?” Todos se sirven más vino. Se empieza a discutir si Cappa debería o no haber perdonado a De Federico que, según dice Moretti, quiere volver a Huracán porque lo tienen colgado en Brasil. El tema es importante porque Moretti, cuando habla de fútbol, se pone muy serio. El jugó en inferiores en Junín y siempre repite que podría haber sido un gran futbolista, si se hubiera puesto las pilas. “Yo tenía ubicación en la cancha, sabía cómo dosificar el juego.” Por lo que dice, parece que jugaba en el medio, como un cinco. “Era más un ocho -me corrige-, más ofensivo”. Una vez, cuando me contó cómo fue el despegue de Estelares de un grupo de culto a un grupo popular, me dijo que Juanchi Baleirón -el productor de Sistema nervioso central- le dijo que escribiera las canciones con estribillos, que las volviera hits, que él intuía que la música de Moretti tenía eso en potencia. “Entonces pensé que no quería que me volviera a pasar lo que me pasó con el fútbol, no quería perder el tren otra vez y me puse a componer para dar todo.” (…)







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